9 de octubre de 2008

DORA COLEDESKY

Detrás de ese aspecto tranquilizador de clásica abuelita de Caperucita Roja (sólo le faltaría la cofia con puntillas), hay una militante incansable de toda la vida, una feminista actualmente comprometida a full con la campaña por el derecho al aborto. A punto de cumplir los 80 el próximo 21 de junio, Dora Coledesky acaba de plantar pensamientos y alegrías del hogar en el jardín de su casa de Ituzaingo, donde vive con su marido Angel Lázaro Sanjul.

Aunque no la atraen las manualidades del hogar –ni cose ni teje–, sí es capaz de cocinar con gusto algunos platos, como el locro que preparará el domingo –una receta de su madre, que aprendió en Tucumán– para su nieto Diego, que cumple años.

Además de leer mucho y mirar películas por el cable con su marido, Dora dedica buena parte de su tiempo a trabajar, a trabajar con la computadora, tanto en la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, como en la escritura de artículos e intercambio de correos. Y, desde luego, no deja pasar oportunidad de estar con sus dos nietos, su nieta, su bisnieta y su bisnieto.

A Dora Coledesky le cuesta un poco abrirse en esta entrevista para hablar de ella misma, de su historia personal. Hasta se diría que desconfía un poquitín de los motivos de la cronista. Pero después de un buen café se distiende y se explaya largamente, aunque cada tanto duda del interés de su propio testimonio.

Sobre el final del encuentro, con pudor, conteniendo la emoción, habla sobre su hijo Angel Francisco Sanjul: “Aunque lo haya perdido, mi hijo es parte de mi vida. Creo que él sufrió los vaivenes de nuestra militancia: lo tuve a los 24, éramos muy jóvenes, estábamos inmersos en la actividad política y quizás no comprendimos totalmente lo que significaba conducir la vida de un niño. En una etapa él se enfrenta a nuestra militancia, y cuando marchamos al exilio, decide quedarse. Se recibió de abogado ya grande, cuando regresamos acá él nos ayudó.. Yo estoy muy orgullosa de mi hijo, tenía muchas condiciones, era muy generoso. Cuando mi marido y yo nos jubilamos, él nos reemplazó y ejerció la profesión realmente como un apostolado. Escribía poesía, cuentos, una novela, todavía nada ha sido publicado. Era una persona muy valiosa desde todo punto de vista. Al principio, el dolor era insoportable, me sostuvo mucho la solidaridad de mis compañeras, el mantenerme en actividad. Ya van tres años y lo recuerdo de continuo, siempre está presente. El proseguir con esta campaña a favor de las mujeres es como un homenaje a él, que tenía esa conducta tan noble. No fue inútil su vida, ayudó a mucha gente, aparte de todo lo que significó para su familia”.

¿Tenés algún recuerdo puntual de cuándo empezaste a tomar conciencia de tu lugar de mujer en el mundo?

–El otro día me estaba acordando de esta heroína de la Historia, en realidad una prócer, Mariquita Sánchez de Thompson. Ella se animó a enfrentarse a sus padres, no aceptó el marido que le querían imponer, se casó con el hombre que amaba...

Yo tenía 13 años, estaba en el Liceo y creo que ahí se me despertó el corazón feminista, tanto me impresionó la rebeldía de Mariquita, esa voluntad firme de decidir su destino. Pero por otra parte, te podría decir que el feminismo en todo el sentido de la palabra lo aprendí en Francia, en la teoría y en la práctica.

Es cierto que desde muy joven yo había militado en el Partido Obrero Trotskista, donde no había mucha desigualdad, las mujeres que se lo proponían podían ocupar un lugar bastante a la par: yo intervenía en actos públicos como oradora, eso me dio bastante empuje, otras posibilidades. Era muy raro en ese entonces, en los años ’50, que las mujeres hablaran en público. Nosotras interveníamos en Once, en Constitución. Pasaban los hombres y se detenían porque les llamaba la atención. Algunos, por supuesto, se expresaban en son de burla: andá a lavar los platos, cosas por el estilo.

¿En qué momento venís de Tucumán a Buenos Aires?

–Vinimos con mi marido en el ’55, ambos estábamos en el Partido Trotskista, donde aprendí mucho sobre la militancia, fue una importante escuela política. Pero ese partido degeneró, ésa es la verdad: después de haberle dedicado bastantes energías, tuvimos que apartarnos. Mientras funcionó, fue una experiencia que valió la pena, se aproximaba a la interpretación que hacíamos en ese momento de la clase obrera, que tenía mucho peso en el país, cosa que ahora no sucede. Después, el partido se burocratizó, comenzaron una serie de problemas de discriminación. Ni mi marido ni yo quisimos seguir en esas condiciones. De modo que luego de veinte años, nos fuimos.

¿Debutaste en la militancia con este partido?

–No exactamente: antes de entrar en el Partido Trotskista, empecé a militar en la Federación Secundaria en Tucumán, donde conocí a Angel, él ya estaba en ese movimiento estudiantil. Después entramos en el Partido Socialista, vinimos a Buenos Aires. Yo ya era abogada, mi marido también se había recibido, pero estaba la idea de proletarizarse. Quizás no era el camino correcto esto de querer que los dirigentes de una fábrica vengan de afuera; después comprendí que debían surgir de la propia clase obrera. Pero igualmente para mí fue una gran experiencia entrar a trabajar en una fábrica, una lección política y de vida, más allá de lo que más tarde pasó con el partido. Hubo otras mujeres de la clase media que hicieron la misma experiencia.

¿Conocías la situación de las obreras antes de empezar a trabajar con ellas?

–Tengo que decirte que en la actualidad no se conoce, no se ha investigado la historia de las obreras en las fábricas de nuestro país. Ojalá algún día se pueda escribir esa historia, antes de que se pierdan los testimonios de primera mano. Eran establecimientos enormes, yo estuve en una textil donde había cinco mil obreras, La Bernalesa, que después cerró, también trabajé en otra más chica. Fue muy interesante, muy revelador descubrir la relación de las mujeres en la fábrica, ahí aprendí mucho sobre compañerismo.

Yo venía de la clase media y me sorprendió el lenguaje crudo y directo de las obreras, su franqueza. Tanto hablando de sexo como de cualquier otro tema, ellas llamaban al pan, pan, y al vino, vino. Por ejemplo, en las fábricas se hablaba de aborto como si tal cosa, tema que no se mencionaba en otros ambientes.

Era bastante común escuchar a una trabajadora decir: “Ah, Fulana no vino porque se hizo un aborto”. O sea, que las mujeres recurrían a la interrupción voluntaria del embarazo y lo comentaban sin reparos, se tomaba ese derecho en la práctica. No llegué a saber con qué recursos se manejaban, seguramente en ese entonces no era tan caro hacerlo en condiciones aceptables.

Tampoco las obreras tenían problemas en conversar sobre sus relaciones sexuales, darse mutuamente consejos. Algunas actuaban con bastante libertad. Me parece que las mujeres que hoy limpian por horas en casas de familia, aisladas de sus pares, no pueden tener esa vivencia que da el trabajo colectivo.

¿Las mujeres se metían en actividades sindicales, políticas en la fábrica?

–Sí, fue muy interesante verificar esto. Conocí a mujeres sumamente valiosas que, en su nivel, pensaban el mundo, la vida, intervenían políticamente. Por eso tenía la fábrica en aquel entonces: una vida política, se discutía todo y esa actividad proseguía en el barrio, que estaba cercano al establecimiento. Barrios que ya no existen, como dejaron de existir tantas fábricas.

Hay casos de huelgas de mujeres que nunca se contaron. Yo las he visto tirarles monedas a los burócratas, enfrentándolos, y también he visto cómo la burocracia las usaba a ellas, sus relaciones, para ejercer su dominio. Una vez se organizó un paro porque se había encontrado a un jefe con una empleada en el baño. Las obreras decían: para que se sepa que las fabriqueras no somos putas, de la puerta para afuera, cada cual hace lo que quiere (en realidad decían “de su culo un candelero”), pero no en el trabajo.

En otra ocasión, hubo un repudio en una sección donde un capataz había intentado tener relaciones con una obrera.

¿Hasta dónde llegaba la militancia de estas mujeres?

–Desde ya, las mujeres nunca ocupaban un lugar como dirigentes, pero exigían, expresaban su bronca en las asambleas. Entonces, te diría que bastante antes de conocer el feminismo en Francia como movimiento organizado, esta conducta de las obreras, su intento de hacer valer sus derechos, sus relaciones de hermandad, de respaldo recíproco, asistí en la práctica a un feminismo espontáneo.

Mujeres que venían del interior, acaso del campo, de trabajar en el servicio doméstico, se incorporaban a la fábrica y aprendían rápidamente lo que era manejar una máquina que no habían visto nunca, se interiorizaban sobre lo que era un sindicato, estrechaban relaciones entre ellas. Para ellas era un salto adelante, un progreso en el que se ubicaban aceleradamente. Solo estuve dos años y medio, pero fue un aprendizaje extraordinario para mí.

¿Se daban cuentan las trabajadoras de que vos venías de otro sector social?

–Claro que se daban cuenta perfectamente de que yo no pertenecía al medio de ellas: por mi aspecto, mi manera de expresarme... Pero a pesar de mi origen distinto me respetaban, quisieron elegirme delegada. Pero se metió la burocracia y creo que hubo una trampa para que yo no saliera, pese a que mis compañeras –más vivas que yo– propusieron ir todas juntas a controlar la urna para evitar el fraude.

Me emocionó que ellas me eligieran a mí, me consideraran capaz de ser su delegada. Estas compañeras nunca supieron que yo era abogada. A la única que se lo dije fue a una chica uruguaya, la fui a visitar a su casa, le comenté a qué partido pertenecía. Lo tomó bien, era una muchacha muy avanzada, en la fábrica la quería todo el mundo, era una persona especial.

¿Cuál es el origen de tu familia? –Mi familia es argentina de origen judío, con una abuela paterna rusa, apasionada por la política, gran lectora. A mi casa llegaban los periódicos del Partido Socialista y yo me los tragaba, se vivió de cerca la Guerra Civil Española. Mi papá se dio cuenta hacia dónde tiraba yo, me alentó mucho. El era un autodidacta que sabía de todo, pero sin educación formal. Me ayudó mucho para que yo pudiera seguir la carrera de abogacía. Mi madre tuvo tres hijas, era una gran persona muy intuitiva, yo la quería mucho, tuvimos una linda relación. Ella había trabajado desde los 14 con la máquina de escribir, empleada de comercio en una época en que no existía el sábado inglés. Tan joven, su vida era muy sacrificada: tenía cuatro hermanos varones, uno mayor que ella, y como mi abuela materna sufría de depresión, ella tenía que cocinar, limpiar la ropa, ocuparse de la casa cuando volvía del trabajo. Estuvo en La Piedad, lo conoció a mi padre cuando estuvo empleada en Singer.

Y la vida que hizo junto a mi padre también fue difícil. El era un tipo de clase media que no encajaba en ningún lado. Al no ser obrero, tenía que trabajar de corredor, vender libros. Nosotros habíamos vivido primero en Buenos Aires, donde hice el primer grado. Nos vamos a Rosario cuando trasladan a mi padre, que estaba en Espasa Calpe, allí hago el resto de la primaria y parte de la secundaria. A continuación, a mi papá lo contratan en Tucumán, donde vivía una hermana de él que tenía un negocio. Tenía 14 cuando nos fuimos a vivir allí, un lugar tan distinto de Rosario. Tucumán era una provincia muy pobre donde las diferencias sociales eran muy grandes, una discriminación que no ha desaparecido del todo. La sigue habiendo ahora, pero no tan fuerte porque se desarrolló al impulso del capitalismo.

¿Cómo fue que decidiste casarte tan joven? –Angel era un tipo especial, muy inteligente, me despertaba respeto y admiración además de amor, no era cuestión de dejar pasar a un tipo como él, te digo sinceramente. Cuando me casé, todavía no tenía yo ideas tan igualitarias dentro de la pareja.

Para mí fue decisivo venir a Buenos Aires con mi marido porque en Tucumán era inevitable sentir el arrastre cultural, todos esos prejuicios de la provincia sobre cómo debe ser una familia. Y aunque nosotros nos habíamos liberado un poco de ciertas ideas recibidas, estaba esa presión que nos rodeaba.

Por eso digo que tuve un primer despertar en Buenos Aires y un segundo despertar en Francia. Mi marido, en un principio inevitablemente influido por el machismo, también evolucionó. Creo que mi propia evolución ayudó a la suya. Pienso que yo contribuí a que se liberara de ese rol masculino que también aprisiona a los hombres. Todo lo que hago actualmente, me gusta comentárselo, consultarlo con él, a menudo me hace aportes interesantes.

¿Qué sabías del feminismo antes de irte a Francia?

–En Buenos Aires conocí a algunas compañeras que militaban en el movimiento, como Magui Bellotti, tenía simpatía por el feminismo pero no lo había asumido en toda su importancia. Fue en Francia donde se me abrieron los ojos, conocí a mujeres brillantes, el movimiento feminista tenía una gran vitalidad, gran envergadura.

Se hacían reuniones de 500 mujeres, en la universidad de Vincennes, por ejemplo. A una de esas reuniones nos invitaron a las exiliadas para que contásemos lo que sucedía en nuestros países, luego surgió la idea de hacer un grupo de mujeres latinoamericanas que duró bastante tiempo.

De manera que yo fui avanzando, conociendo, reflexionando en contacto con el feminismo francés. Al llegar a París, nos integramos con mi marido a la Liga Comunista Revolucionaria porque daba la posibilidad de hacer tendencias y fracciones.

Constituimos una tendencia integrada por feministas y homosexuales varones. Y en un congreso, logramos imponer la idea de que el movimiento feminista debía ser autónomo, no depender de ningún

partido. Cuando vinieron las Madres de Plaza de Mayo, avisé en diversos talleres universitarios. Todas las mujeres se reunieron en una especie de teatro, las Madres hablaron y una compañera las tradujo. Se hizo una colecta y se publicó una declaración de las feministas en Le Monde.

Creo que no se conoce aquí la forma en que ayudó el movimiento feminista francés a las Madres. En otra oportunidad, un 8 de marzo, en un gesto simbólico, al cartel de la rue Bonaparte le pusieron encima otro nombre: Les Folles de la Place de Mai. Colette Auger, una feminista muy prestigiosa, vino a Buenos Aires corriendo todos los riesgos para traer un hábeas corpus –que había preparado mi marido– a favor de los abogados y médicos desaparecidos. Acá le dieron dos días de plazo para que se fuera, bajo amenaza de detención.

¿Asumir el feminismo fue como encontrar la religión verdadera?

–Prefiero no usar la palabra religión, ni en forma metafórica siquiera... Para mí fue algo sumamente importante, se me abrió un camino de verdadera liberación, me crecieron alas.

Puede ser que yo no esté de acuerdo con formas radicales, pero por suerte, se trata de un movimiento con muchas corrientes, muchas tendencias. Entendí claramente que no se puede llegar al socialismo si la revolución no se hace en todos los planos, uno de los cuales es sin duda el del feminismo.

No hay toma del poder de la noche a la mañana, después de la experiencia con el bolchevismo, con la URSS, no podemos seguir repitiendo ese eslogan, sabiendo que lleva a una burocracia dominante. Eso no va más en política: hay que transformar la sociedad, ir produciendo diversos cambios para mejorarla.

El feminismo es fundamental por la modificación cultural profunda que promueve. Ya podemos ir sumando algunos logros, en el mundo y en nuestro país. Por ejemplo, enfrentando a la corporación médica en Santa Fe, denunciando uno por uno a los médicos. Aunque ya no tengo tantas fuerzas, viajé porque lo consideraba una cita de honor, aunque no pude estar en la columna..

Fue un gusto grande encontrarme a un grupo de compañeras jóvenes que se están perfilando con mucha fuerza, muy decididas. Y son muchas más las que se están movilizando, haciendo cosas que tiene que ver con el cambio.

¿Fue un bajón la llegada a Buenos Aires después de lo que viviste en Francia, donde ya estaba vigente el derecho al aborto?

–Me costó adaptarme aunque venía preparada, pero a la vez dispuesta a actuar con todo ese bagaje que había adquirido. Llegué en el ’84, me puse en contacto con unas compañeras que ya eran feministas, traduje artículos, nos reuníamos para intercambiar ideas. Después empecé a ir a las reuniones de ATEM, donde surge la idea de la Comisión por el Derecho al Aborto, ahí empezamos a funcionar con ese tema, en aquel entonces algo inaudito: frente al Congreso, juntando firmas con una pancarta que mencionaba un tema tabú. Hace más de veinte años, imaginate. Menos mal que encontré compañeras dispuestas a luchar por estas reivindicaciones, si no habría sido muy difícil para mí.

¿Siempre tuviste la convicción de que el aborto debía ser un derecho para todas?

–Sí, no te olvides de que estuve en un partido revolucionario, nos habían munido mucho de las ideas de Trotsky, de Lenin, cuyas primeras resoluciones fueron a favor del aborto. Después, Stalin retrocede, lo anula, lo vuelve a instalar. Me parecía un derecho aunque me faltaba articular la fundamentación, cosa que hago en Francia. Por eso volví a la Argentina con las cosas bien aclaradas y con la intención de llevarlas a la práctica.

¿La interrupción voluntaria del embarazo se convirtió en un tema prioritario para vos?

–Por supuesto, aunque me importan otros aspectos de la problemática de la mujer que hay que resolver. Si bien el miércoles estuvimos defendiendo el proyecto de ley con toda la comisión y mujeres que nos acompañaron, tengo mis dudas sobre lo que pueda pasar con el Parlamento que tenemos. Sin embargo, casi veinte diputadas y diputados nos dieron su apoyo, lo cual es un paso adelante.

¿A qué atribuís esta negación de la clase política en general a enfrentar abiertamente la discusión sobre el aborto conociéndose el número de mujeres que interrumpen sus embarazos y las consecuencias de aborto clandestino para tantas mujeres?

–Yo creo que la sociedad, en un alto porcentaje, está de acuerdo con ese derecho desde hace mucho, empezando por las mujeres, claro. Pero otra cosa sucede con las instituciones tradicionales, está el peso tremendo de la Iglesia, los sectores reaccionarios que resisten. Y lamentablemente, es poca la gente famosa –del espectáculo, de la cultura– que se juega abiertamente, por eso rescato mucho a las figuras que se comprometieron y firmaron a favor del derecho. También me pone muy contenta que haya cada vez más compañeras jóvenes feministas que toman la posta con entusiasmo.

Este proyecto plantea el aborto voluntario para las que lo deseen, no está sujeto a ningún condicionamiento hasta las doce semanas. El aborto no punible ya existe, hay que ir más lejos. Creo que nosotras hemos salido a expresar, a poner sobre el tapete una necesidad de la sociedad, esto es innegable.

Si la sociedad no lo estuviese pidiendo, no habría tal proyecto. Aunque las instituciones se empecinen en negarlo, en algún momento se va a imponer un requerimiento tan fuerte, la ley va a salir. Más allá de los problemas de salud, de maltrato y de muerte que genera el aborto clandestino, estamos hablando de un punto central en la liberación de la mujer.

Queremos que absolutamente todas, en todos los rincones del país, dispongan de este derecho, de la posibilidad de poder hacerse un aborto en cualquier hospital por libre decisión. No importa las excusas que esgriman: quienes se oponen no quieren la liberación de la mujer, quieren mantener ese control sobre su cuerpo, ése es su objetivo.

Por Moira Soto Publicado por Página12| 30-5-08